Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Por qué las chicas adoran a los batracios.
Poema de Robert Blair.
Relatos de Vicente Blasco Ibáñez.

Relato de Washington Irving.
Poemas de Robert Blair.
Historia increíble, pero real.


«Yo soy»: John Clare; poema escrito en un manicomio


«Yo soy»: John Clare; poema escrito en un manicomio.




Yo soy (I Am) —a veces publicado como Yo solo sé que soy (I Only Know I Am)— es un poema del romanticismo del escritor inglés John Clare (1793-1864), publicado en la edición del primero de enero de 1848 del periódico Bedford Times.

Yo soy, uno de los mejores poemas de John Clare, fue compuesto durante una etapa crítica en la vida del autor, por aquel entonces, internado en un manicomio: el Northampton General Lunatic Asylum, completamente aislado de su familia y amigos. Fue gracias a la colaboración de una enfermera, W.F. Knight, que el poema logró salir de los muros acolchados de su celda.

El título de este gran poema de John Clare, Yo soy, refleja con amarga ironía la tremenda lucha interna por encontrar su propia individualidad, su propio ser; ya que el motivo de la reclusión estaba relacionada con una serie de alucinaciones acerca de su personalidad. Entre otros delirios, John Clare creía ser el mismísimo William Shakespeare, y, posteriormente, la reencarnación de Lord Byron.

Yo soy manifiesta las terribles tensiones emocionales del poeta, quien se siente excluido y discriminado debido a su condición de enfermo mental. A lo largo de estos versos intenta reencontrarse consigo mismo, con su Yo, con su ser, independientemente de lo que crean los demás, y luego sumirse en el dulce olvido de la muerte.




Yo soy.
I Am, John Clare (1793-1864)

Yo soy: sin embargo, lo que soy nadie conoce o le importa,
mis amigos me abandonan como a un recuerdo perdido;
yo soy el consumidor de mis males,
se levantan y desaparecen en el anfitrión inconsciente,
como sombras en el amor y el olvido de la muerte;
¡y sin embargo, yo soy! Y vivo como las sombras echadas

en la nada del desprecio y el ruido,
en el mar vivo de los sueños despiertos,
donde no hay sentido de la vida ni alegrías,
pero el gran naufragio de los afectos de mi vida;
siempre los más queridos —los que más amé—
son ahora extraños, más y más extraños todavía.

Añoro lugares donde el hombre nunca haya pisado;
un sitio donde ninguna mujer haya sonreído o llorado;
para vivir allí con mi creador, Dios,
y dormir como dormí dulcemente en la infancia:
yaciendo imperturbable y despreocupado;
la hierba debajo, encima el cielo abovedado.


I am: yet what I am none cares or knows,
My friends forsake me like a memory lost;
I am the self-consumer of my woes,
They rise and vanish in oblivious host,
Like shades in love and death's oblivion lost;
And yet I am! and live like shadows tossed

Into the nothingness of scorn and noise,
Into the living sea of waking dreams,
Where there is neither sense of life nor joys,
But the vast shipwreck of my life's esteems;
And e'en the dearest —that I loved the best—
Are strange--nay, rather stranger than the rest.

I long for scenes where man has never trod;
A place where woman never smil'd or wept;
There to abide with my creator, God,
And sleep as I in childhood sweetly slept:
Untroubling and untroubled where I lie;
The grass below--above the vaulted sky.


John Clare (1793-1864)





Poemas góticos. I Poemas de John Clare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de John Clare: Yo soy (I Am), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Sobre besos, príncipes y sapos: por qué las chicas adoran a los batracios


Sobre besos, príncipes y sapos: por qué las chicas adoran a los batracios.




Los cuentos de hadas abundan en transformaciones, mutaciones y metamorfosis. Algunas son asombrosas; otras, en cambio, responden a una inadvertida previsibilidad.

Todos conocen la historia del príncipe convertido en sapo por una maldición, que gracias al beso de una muchacha recupera su forma humana y, tal vez, se reintegra a las intrigas de la corte. Sin embargo, la historia original dista mucho de esta versión candorosa.

El cuento original se llama Der Froschkönig, o el Príncipe Sapo, y relata la historia de una princesa caprichosa que odia a los batracios. Cierto día, la muchacha arroja una esfera dorada a un estanque, y uno de los sapos que allí chapotean se convierte en un apuesto príncipe azul.

En la versión original no hay beso. De hecho, el beso no existe en ninguna de las variantes clásicas del cuento, donde los hechos ocurren de forma más efusiva. Por ejemplo, en la versión de los hermanos Grimm, el sapo se transforma en príncipe cuando la muchacha estrella al pobre batracio contra una pared.

¿De dónde, entonces, procede la idea de que el beso de una mujer puede transformar a un sapo en príncipe?

Psicólogos impetuosos opinan que, quizás, esta historia expresa la fantasía femenina de que es posible cambiar los rasgos indeseables del hombre a través del amor; o tal vez la ilusión que vela los ojos de la mujer enamorada, completamente incapaz de ver al sapo.

En cualquier caso, existen otras variantes que refutan estas posibilidades.

Por ejemplo, las comadronas rusas todavía narran la historia de la Tsarevna Lyagushka; o la princesa rana, donde los roles están invertidos, y es el joven zar quien besuquea a un batracio con pretextos ingenuos, y descubre que éste se transforma en una mujer encantadora, Vasilisa, la hechicera.

Sobran los argumentos para robustecer y hasta justificar cualquiera de estas transformaciones: fantasía, ilusión, deseo secreto de que el miserable sapo del que una se enamora sea, en realidad, un príncipe azul; pero hay uno, desconocido por los hermanos Grimm, que refleja el otro costado de este drama.

En las ciénagas que rodean al Cementerio del Oeste, en el barrio de Chacarita, algunos aseguran haber visto a un misterioso hombre, vestido con harapos, vagando por las charcas en busca del beso que lo restituya a su forma de sapo.




Egosofía: filosofía del Yo. I Feminología: la mujer en el mito.


Más literatura gótica:
El artículo: Sobre besos, príncipes y sapos: por qué las chicas adoran a los batracios fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El hombre que realmente vivió en la casa de Cthulhu


El hombre que realmente vivió en la casa de Cthulhu.




Los Mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft, ocultan secretos realmente extraños, que muchas veces mezclan realidad y fantasía, y no siempre en proporciones equilibradas.

Descubrir que la casa en la que uno habita está directamente asociada a los Mitos de Cthulhu sería algo bastante extraño, y más todavía si el propio H.P. Lovecraft se encargara de hacer pública esa afirmación. Por curioso que parezca, esto realmente ocurrió.

Pero empecemos por el principio.

Durante el verano de 1926, H.P. Lovecraft concibió uno de sus mejores relatos: La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu), el cual se publicaría en la edición de febrero de 1928 de la revista Weird Tales. Allí cuenta la historia de un sujeto llamado Henry Anthony Wilcox, un escultor bastante neurótico que se contacta telepáticamente con un dios primordial, Cthulhu.

En medio de un profundo trance, Wilcox logra reproducir una serie de esculturas de arcilla talladas con signos desconocidos, que al parecer aluden a una descomunal ciudad sumergida en medio del Océano Pacífico: la mítica R'lyeh, donde el poderoso Cthulhu aguarda.

Ahora bien, la dirección en donde vive Henry Anthony Wilcox, según La llamada de Cthulhu, es el número 7 de Thomas Street, Providence, Rhode Island. Y aquí, precisamente, es donde la ficción se mezcla con la realidad.

Un periodista del Providence Journal, llamado Bertrand Kelton Hart, leyó el relato, y descubrió que la dirección en la que vivía el personaje que antes mencionábamos, Henry Anthony Wilcox, coincidía con la de su domicilio particular.

Lejos de sentirse atemorizado por la utilización de su domicilio real, Hart publicó el siguiente comentario en su columna The Sideshow, donde promete, en tono jocoso, encargarse personalmente de visitar al señor H.P. Lovecraft tras su muerte:


No me sentiré satisfecho hasta que, uniéndome en alianza con los espectros y los ghouls, haya hecho descender por lo menos a un gran fantasma a modo de represalia sobre su umbral (el de Lovecraft) en la calle Barnes. Creo que eso le enseñará a gemir en una disonancia menor cada madrugada a las 3 en punto, con el chillido de cadenas.


(I shall not be happy until, joining league with wraiths and ghouls, I have plumped down at least one large and abiding ghost by way of reprisal upon his own doorstep in Barnes street. I think I shall teach it to moan in a minor dissonance every morning at 3 o'clock sharp, with a clinking of chains)


H.P. Lovecraft se enteró esa exagerada vendetta, y a finales de 1929 le dedicó al periodista un curioso poema que, de hecho, también se publicó en Providence Journal, el mismo en el que trabajaba Hart. Se titula: El mensajero (The Messenger); y explora la posibilidad de esa inquietante visita de ultratumba anunciada por el periodista.


La Cosa, dijo él, por la noche vendría,
Desde el viejo camposanto sobre la colina,
Agachado frente al rubor de un fuego de robles
Traté de decirme que aquello no podía ser.
Seguramente, reflexioné, esto es una burla,
Urdida por alguien que desconoce sin dudas
El Signo Mayor, legado de antigua solemnidad,
Que libera las formas que hurgan en la oscuridad.

Él no quiso afirmarlo, no, pero igual encendí
Otra lámpara, mientras el estrellado Leo
Remontaba el río, la llama chispeó como un deseo,
Y la luz de la lumbre se deshizo, lento, muy lento.
¡Entonces en la puerta, de la cautelosa agitación vino,
Y la Verdad demencial me devoró como una llama!




Autores con historia. I Más sobre H.P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El artículo: El hombre que realmente vivió en la casa de Cthulhu fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Sobre la inutilidad de las cartas de despedida


Sobre la inutilidad de las cartas de despedida.




Primero lo dispuso todo para el suicidio. No sabía bien por qué, pero imaginaba que lo normal en estos casos era escribir la carta de despedida, o de justificación, después de haber hecho los arreglos correspondientes.

Era extraño, pero lo que más preocupaba era la opinión de los tuvieran la mala fortuna de encontrar su cuerpo; no tanto por el impacto que supone descubrir un cadáver, sino por el estado lamentable en el que se encontraba su departamento. De modo tal que tomó una escoba, un balde con agua, y se entregó a la ingrata tarea de poner orden en un sitio que, desde hacía años, se caracterizaba por el desorden.

Intentó aprovechar ese tiempo pensando en las palabras exactas que escribiría en la carta de despedida, pero enseguida abandonó el trabajo, en realidad, los dos, limpieza y carta; después de todo, era lógico que un suicida viva en condiciones deplorables.

Libre de estas preocupaciones, dispuso la soga que utilizaría para quitarse la vida. Ató un extremo a una viga del techo; acto seguido, cargó un largo tutorial que explicaba de qué forma debía enlazarse el nudo para que el cuello se quebrara rápidamente, sin dolor.

Mientras realizaba esos preparativos pensó una y otra vez en las palabras que convenía emplear en la carta de despedida. No contaba con muchos amigos, tampoco con familiares cercanos. De todas formas, le parecía importante dejar testimonio de las causas que lo habían llevado a tomar esa terrible decisión. Pero las palabras se resistían. No encontraba ninguna, y las pocas que sí hallaba le parecían totalmente inadecuadas.

Así fueron transcurriendo las horas de su último día. Todos los arreglos estaban listos: la disposición de sus escasos bienes económicos, la entrega de su generosa biblioteca a la escuela en la que había cursado sus estudios, la donación de su importante colección de corchos, y la horca, por supuesto. Todo estaba listo, salvo la maldita carta.

Pensó entonces que quizás las palabras llegarían hasta él en los últimos instantes, de modo que se subió a la mesa, puso la soga alrededor de su cuello, y extrajo un anotador del bolsillo trasero.

Luego colocó la punta del lápiz sobre el papel, levantó un pie en el aire, aguardó unos segundos, que de a poco se transformaron en minutos, en una hora entera; y saltó, sin escribir una línea, un párrafo, una puta palabra de despedida, acaso entendiendo por fin que si hubiese tenido algo para decir no estaría haciendo esto.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


Más literatura gótica:
El artículo: Sobre la inutilidad de las cartas de despedida fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com